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sábado, 30 de noviembre de 2019

Literatura española. Presentaciones%Ronda 1. Université Diderot%Presentaciones grupales.

Sin lugar a duda, aquellos que arrengaban a las tropas y se entremezclaban en el ambiente ciudadano de la España de la primera parte del S.XX se sorprendían con cierta frecuencia de la atmósfera de despreocupación y de euforia que predominaba en todas las clases sociales. Mientras el Estado estaba en estado vegetativo desde la derrota del 98 en Cuba y de una serie de catástrofes posteriores, existía una carencia de preocupación. El pesimismo de los escritores de la llamada Generación del 98 contrasta curiosamente con la infatigable búsqueda de divertimentos y placeres por parte de la gran mayoría, y , sin embargo, la angustia y la frivolidad que caracteriza todo este período hasta la guerra civi pueden considerarse como síntomas del mismo malestar. Y no es que la sociedad estuviera dividida entre una minoría de intelectuales torturados y una mayoría de epicúreos de baja categoria; un gran elenco de escritores auguraban el sentido de la vida con cierta crueldad, carente de sentido y que de un modo bastante especial en la España de la época, reaccionaban como el Max Estrella de Valle-Inclán, o como los personajes de Troteras y danzaderas de Pérez de Ayala, con actitudes escandalosas y bohemias. Ya en los albores del recién inagurado siglo XX, ser "modernista" significaba dentro del grupo burgués, no tener seriedad, vivir, vestir, escribir o pintar de manera irresponsable. Tras la Primera Guerra Mundial, muchos afirmaron que la proliferación de "ismos" artísticos , que se estaba dando en España generaba en un arte repleto de mofa sin sentido. Sin embargo, cabe resaltar que la causa principal de esta tendencia artística no era otra cosa que la plena y rotunda convicción de que tomarse la vida en serio era excesivamente descorazonadora.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Premio microrrelato #internations#español#ciudaddeestambul

Apartado definitivamente del rutinario y cansado trabajo diario, aquél cuadrado espacio de no más de 60 m2 repleto de humo y con olor a cocina mediterránea marcaría un nuevo episodio de lamentaciones para Carlo. Distancia, memorias recogidas en letras, en atardeceres, en la cotidianidad a miles de kilómetros. Mientras tanto, el sonido del Atari, aquella máquina repleta de luces y sonidos estridentes ,y que yo por aquél entonces manejaba con habilidad y descaro, velaba el escenario de encuentro de paisanos y transeúntes que atónitos ante la música ofrecida por "el café de Cuba", entraban y salían como si de un mercado egipcio se tratase. Dariana, era la propietaria del Café, una señora de unos 50 años, de complexión robusta, de hondas ojeras y rostro pálido, el cual era contrarrestado por una dulce sonrisa y amabilidad de la cual nunca podré olvidarme. Al fondo de la humeante sala, el marido, Demetrios, 1'80 metros, delgado y de cara afligida, castigada y desconfiada. Más de 40 años surcando los mares, Mediterráneo y Egeo, comerciante de productos estéticos, septuagenario, un hombre de mundo, que tenía por costumbre acudir a su hora para ser servido por su mujer. Desayuno, comida y cena. Puntual. Ya en su retiro mostraba la mirada perdida, contemplando cuadros de marineros en plena faena, o quizás pensando en sus miles de historias pasadas, andanzas de de las que en más de una ocasión había sido un afortunado oyente. "Amigo Carlo...Prácticamente todas las cosas dan problema, es su naturaleza. Lo único que podemos hacer es cantar por el camino". Solía expresar con solemnidad y quietud, como si con él ya nada fuese. Palabras que aliviaban momentáneamente y le animaban a pedir otro ούζο.